
con instalaciones destinadas a los juegos
(acondicionamiento que implicó una consi
derable inversión económica para el empre
sario que procura, con ello, obtener ganan
cias también considerables).
Los padres de los niños que fueron in
vitados -muchas veces- los dejan y se van;
los de la familia de quien cumple años con
versan mientras consumen algo en una
mesita servida al costado y distante de los
juegos en donde se encuentran los peque
ños. Mientras tanto, éstos se tiran en mon
tañas artificiales hechas con material sinté
tico, dan vueltas y trepan por pasadizos,
escalan y se deslizan por toboganes. El vo
lumen de la música no permite conversar
con el tono de voz que regularmente se
emplea en los diálogos cotidianos, se hace
necesario elevarlo para ser escuchado. Dos
personas mayores, un hombre y una mujer
de más de setenta y cinco años, delgados,
tomados de la mano y con la espalda con
tra la pared, sentados frente a la "montaña
mágica", observan, con expresión de resig
nación y preocupación, cómo los niños se
arrojan. Los riesgos existen y ellos son cons
cientes de ello, no obstante su actitud cor
poral pareciera decir "esta situación es muy
preocupante pero el mundo de hoy es así".
Las señoritas muy jóvenes encarga
das de conducir a los niños por los diferen
tes espacios en los que se transita para ce
lebrar el cumpleaños (sala en la que be
ben gaseosas y se sirve la torta, patio de
juegos descubierto, patio cubierto con jue
gos para trepar, espacio de confitería en
donde están los padres, etc.) no eviden
cian tener una formación específica para
trabajar en recreación con niños pequeños,
aparecen más bien como encargadas por
la empresa de acompañar a éstos desde el
sentido común. Los niños lucen transpira
dos, con sus rostros enrojecidos, y se pre
cipitan a subir, correr, trepar, deslizarse,
escalar, tirarse y otras acciones predomi
nantemente motoras.
Descripta esta situación, podemos ha
cer algunas inferencias: el placer no radica
en la comunicación ni en el empleo de sím
bolos gráficos, verbales o lúdicos, ei eje está
puesto exclusivamente en lo motor. Ni si
quiera se podría decir en lo perceptivo, ya
que no se trata de que se dediquen a perci
bir formas, colores, sonidos, proyecciones,
o música. Los niños que son invitados y a
quienes sus familiares dejan en ese lugar,
para buscarlos al finalizar el horario acor
dado, no cuentan con un adulto de confian
za de quien obtener contención y que, con
su respaldo y autoridad, les brinde seguri
dad. Quedan con extraños en medio de una
situación en donde no hay diálogos sino fre
néticas actividades motrices, en gran medi
da, librados a su suerte, más allá de la bue
na voluntad del papá y la mamá de quien
cumple años, dado que las dimensiones y
alternativas de los juegos, además del alto
volumen del permanente sonido de fondo,
no permiten un seguimiento singularizado
de lo que le acontece a cada uno de ellos.
Los pocos adultos presentes si no están en
frascados en sus conversaciones -muchas
veces procurando lucirse ante otro adulto
con sus relatos, una vía para alimentar su
narcisismo- se dedican a mirar lo que acon
tece con los niños de su propia familia o a
consumir algún alimento.
Cabe pensar que si esta misma situa
ción se reitera en el año multiplicada por
los restantes compañeritos de la sala de
jardín, o del grado, más los primos, herma
nos y vecinos, la exposición a situaciones
en donde predomina la exaltación motora,
antes que la construcción simbólica o el diá
logo elaborador de vivencias, es sumamente
frecuente; más aún, si se piensa que mu
chos restaurantes hoy incluyen, en la ciu
dad de Buenos Aires, este tipo de dispositi
vos para que los niños jueguen mientras los
padres comen con amigos.
El ejemplo alude a niños de familias que
no experimentan carencias. Pensemos en lo
‘PttU ufóyicakí-. Año IV, N° 8, octub re 2006. Pág. 24-34 27